"El nuevo enfoque de la Comunicación Institucional y Empresarial para la nueva era, pasa por el replanteamiento total del sentido, la intención y el objetivo de dicha Comunicación". (Espíritu Libre)
Pensamiento del mes...
"El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice" (Aristóteles)
"No he encontrado nunca nada en mi vida tan potente como la Comunicación, es mágica, cuando dos personas se encuentran emocionalmente hay de verdad un cambio químico en el cuerpo" (Dr. Mario Alonso Puig)
"Si no tienes nada bueno, verdadero y útil que decir, es mejor quedarse callado y no decir nada" (Tao)
lunes, 19 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
LA SABIDURÍA DEL SILENCIO INTERNO
Extraordinario
artículo sobre el arte de no hablar. Repetidamente lanzamos palabras al aire
que desgastan nuestra energía y la de quienes nos rodean. El ahorrar
palabras nos ayuda a escuchar nuestra sabiduría interna y
permite expresar nuestra verdadera naturaleza, más allá del ego.
~ Luz Arcoiris ~
El parloteo
constante de nuestra mente y de nuestra boca agota el Chi y nos debilitan
considerablemente. La mente evita el silencio porque el silencio no tiene límites
no tiene forma y no se puede definir. La mente ama los sonidos y los ruidos
porque se parecen a los pensamientos, se les puede dar una forma, una
definición analizarlos y conceptualizarlos.
Los sabios taoístas
nos han legado una serie de consejos útiles y prácticos que descubrieron a
través de cultivar el silencio interno. Habla simplemente cuando sea necesario.
Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca. Se breve y preciso ya que
cada vez que dejas salir la palabra por la boca deja salir al mismo tiempo
parte de tu vitalidad.
Desarrolla el arte
de hablar sin perder la energía. Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. No
te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes
negativas porque esto producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con
tus palabras cargadas de Chi.
Si no tienes nada
verdadero, nuevo y útil que decir es mejor quedarse callado y no decir
nada.
Aprende a ser como
un espejo, escucha y refleja la energía. El Universo mismo es el mejor ejemplo
de espejo que la naturaleza nos ha transmitido porque el Universo acepta sin
condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras,
nuestras acciones y nos envía el reflejo de nuestra propia energía bajo las
formas de las diferentes circunstancias que se presentan en nuestra vida.
Si te identificas
con el fracaso tendrás fracasos. Si te identificas con el éxito, tendrás éxito.
Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente
manifestaciones externas del contenido de nuestra agitación interior. Aprende a
ser como el Universo escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y
sin prejuicios.
No te des mucha
importancia. Se humilde porque cuanto más te muestras superior, inteligente y
prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo
de tensión y de ilusiones. Sé discreto preserva tu vida íntima, de ésta manera
te liberas de la opinión de los otros y llevarás una vida tranquila volviéndote
invisible, misterioso, indefinible e insondable como el Tao.
No compitas con los
demás, vuélvete como la Tierra que nos nutre que nos da lo que necesitamos.
Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, sus virtudes y a brillar. El
espíritu competitivo hace que crezca el ego, nos separa y crea conflictos
inevitablemente. Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando
entrar en la provocación y en las trampas de los otros.
Toma un momento de
silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tus decisiones
después, así desarrollarás la confianza en ti mismo y en la sabiduría. Evita el
hecho de juzgar y de criticar a la gente. El Tao es imparcial y sin juicios, no
critica, tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. Cada vez que
juzgas a alguien lo único que haces es separarte, expresar tu opinión personal.
Es una pérdida de energÍa, puro ruido.
Deja que cada cual
resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida.
Ocúpate de ti mismo. No te defiendas. Cuando tratas de defenderte estas dando
demasiada importancia a las palabras de los otros y das más fuerza a sus
opiniones. Si aceptas el no defenderte estás mostrando que la opiniones de los
demás no te afectan, que “escuchas”. Que son simplemente opiniones y que no
tienes que convencer a los otros para ser feliz.
Tu silencio interno te vuelve sereno.
Tu silencio interno te vuelve sereno.
Haz regularmente un
ayuno de la palabra para volver a educar al ego. Practica el arte de no hablar.
Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera
naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial dejando brotar la luz
de tu corazón y el poder de la sabiduría el “silencio”. Gracias a esta fuerza
atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte.
Así pues, quédate en silencio. Cultiva tu propio poder interno. Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son o lo que tienen capacidad de ser.
Así pues, quédate en silencio. Cultiva tu propio poder interno. Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son o lo que tienen capacidad de ser.
viernes, 26 de julio de 2013
LA PÁTINA DE "LIBERTAD" Y "DEMOCRACIA"
Cada vez tenemos más evidencias de que vivimos en una sociedad muy poco democrática. De hecho, nuestra democracia consiste en votar cada cuatro años y en disponer de libertad de expresión, siempre y cuando esta expresión no arrastre a demasiada gente en contra de los intereses del sistema, porque entonces te quitan esa libertad.
Sí, también podemos escoger la forma, color y/o tamaño de los bienes de consumo, los colores del equipo deportivo al que animar o dónde pasar las vacaciones de verano, si la economía nos lo permite. Claro que sobre todo esto no tiene que ver ni la libertad ni la democracia, sino los intereses comerciales de las grandes compañías protegidas por el sistema.
Lo cierto es que con el panorama cada vez más evidente de la innegable relación entre nuestros gobernantes y la casta corporativo-industrial que realmente dirige el mundo, ves que todo lo anterior es una simple pátina de libertad y democracia para que sigamos tranquilitos y calladitos, produciendo para un sistema podrido y corrupto, que beneficia mucho a unos pocos y algo a los que los protegen y sirven. Ya se sabe, el vasallo fiel siempre recogerá las migas que caen de la mesa de su amo.
Las evidencias son ingentes. La última es que el gigante de los transgénicos "Monsanto" ha adquirido la multinacional del terror "Blackwater". Aquella empresa de mercenarios y asesinos a sueldo que se puso las botas en Irak, tanto de millones de dólares como de víctimas inocentes. (ver noticia en inglés o español).
La pregunta es: ¿porqué una empresa que domina la alimentación mundial, comparte inversores en la industria farmacéutica y fabrica armas nucleares y biológicas, quiere disponer ahora de un "ejército privado"?
Tal vez la creciente oposición a los pesticidas, como el "Roundup" que también produce Monsanto, (responsables de múltiples enfermedades y la desaparición de las abejas) o la prohibición en algunos países de los transgénicos y las continuas denuncias que han puesto a una gran parte de la opinión pública en contra del gigante industrial, sean algunas de las causas por las que éstos han decidido pasar a la acción o cuanto menos, autoprotegerse por la fuerza.
Es preocupante para muchos activistas de los derechos humanos, informadores de la prensa libre y todos aquellos que aspiramos a la verdad y a la Justicia Social. La amenaza de "matones" pagados por Monsanto hará que tengamos que revisar los bajos del coche o tal vez tengamos que pasar a la clandestinidad.
El aumento de fuerzas represoras ya no sólo forma parte de la directriz de los Gobiernos, ahora parece que las grandes corporaciones privadas también adoptan esta estrategia. Situación preocupante para una humanidad a la que quieren someter y esclavizar cada vez más.
El escenario de fuerzas represoras fuertemente armadas, control de las comunicaciones, espionaje a los ciudadanos, leyes de detención indiscriminada y drones vigilantes por los aires, ¡ ya es una realidad ! No hay que verlo en una película de ciencia ficción. Esto ya forma parte de nuestro mundo, y sinceramente, no quiero que esto sea mi mundo.
Cada uno desde donde esté que luche por recuperar su auténtica Libertad y Democracia y muy posiblemente tengamos que empezar por crear Consciencia.
Difundamos todo aquello que nos inspire en valores, demos a conocer la otra parte de la realidad que nos quieren ocultar y denunciemos las arbitrariedades, las injusticias y las maquinaciones de todos aquellos que quieren someternos y esclavizarnos.
Cada uno desde donde esté que luche por recuperar su auténtica Libertad y Democracia y muy posiblemente tengamos que empezar por crear Consciencia.
Difundamos todo aquello que nos inspire en valores, demos a conocer la otra parte de la realidad que nos quieren ocultar y denunciemos las arbitrariedades, las injusticias y las maquinaciones de todos aquellos que quieren someternos y esclavizarnos.
Demos un paso al frente, porque sí, es verdad, ahora sí....
"prefiero morir de pié que vivir arrodillado".
miércoles, 24 de julio de 2013
viernes, 21 de junio de 2013
"EL DINERO DEBE SERVIR Y NO GOBERNAR"
Estas palabras del Papa Francisco se enmarcan en unas recientes declaraciones en las que condena la "Dictadura del Dinero":
“No podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo precariamente el día a día, con consecuencias funestas. (...) la alegría de vivir se va apagando; la falta de respeto y la violencia aumentan; la pobreza es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir, y a menudo, para vivir sin dignidad. (...) Una de las causas de esta situación, en mi opinión, se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, aceptando su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades”. Se trata de un discurso del Papa Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio(1).
El nuevo Papa formula un breve pero asertivo análisis de la coyuntura económica internacional: “La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor todavía, hoy se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”. Los efectos de este proceso tienen claros responsables políticos: “Mientras las ganancias de unos pocos van creciendo exponencialmente, las de la mayoría disminuyen. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. (...) El afán de poder y de tener no tiene límites”.
De esta forma, constata el Papa, pareciera que nada puede interponerse al poder de los mercados: “Igual que la solidaridad, también la ética molesta. Se considera contraproducente; demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; una amenaza, porque condena la manipulación y la degradación de la persona”. Frente a ello propone una vieja pero a la vez novedosa receta: “Insto a los expertos financieros y a los gobernantes a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo: ‘No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos’. (...) ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres; pero el Papa tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. (...) En este sentido, insiste en que el bien común no debe ser un simple añadido, una simple idea secundaria en un programa político”.
La crítica del Papa Francisco al capitalismo no arraiga en un horizonte que podríamos llamar “de izquierdas”. Más bien se fundamenta en el más estricto paradigma “aristotélico-tomista”: el dinero tiene una función natural, la cual es brindar al ser humano un marco de dignidad que le permita llevar una vida buena. Vale la pena recordar este aspecto en un país en el cual las elites conservadoras se han atrincherado en Santo Tomás y en la escolástica para defender un orden social basado en jerarquías sociales estáticas, inmodificables, sin leer de forma honesta e íntegra lo que la tradición católica sostiene respecto al capitalismo. No es necesario pasar por Marx para repudiar éticamente el neoliberalismo. Un católico sincero no podría, si es coherente, validar una ideología que, como dice Francisco, “defiende la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”.
Todas las tradiciones religiosas y los sistemas morales precapitalistas son unánimes en condenar la avaricia, la codicia, el lujo suntuario y el egoísmo. No vamos a encontrar religión alguna que considere virtuoso acumular dinero o mercancías en vano, más allá de la satisfacción de las propias necesidades fundamentales. Los pueblos indígenas tenían muy claro que la economía se debía subordinar al objetivo del “buen vivir”, el suma qamaña (aymara) sumak kawsay (quechua) o el küme mogen (mapuche). En el hinduísmo la economía debe priorizar el dharma (la rectitud) por sobre el artha (la riqueza) y el kama (el placer). En China la prioridad del bien común se expresa en la idea de Confucio del héxié shèhuì, la“sociedad armoniosa”.
La novedad capitalista consiste fundamentalmente en convertir actitudes tradicionalmente reprochables en la base moral de su funcionamiento. A inicios del siglo XVIII podemos ver un claro giro en este punto. Bernard Mandeville será uno de los primeros que se atreverá a cuestionar el carácter pecaminoso de la avaricia en su famosa “Fábula de las abejas, los vicios privados hacen la prosperidad pública”. Las abejas de Mandeville, corruptas, adictas al lujo, orgullosas y avaras, son las que sostienen la economía de la colmena. Sus vicios son necesarios. De allí que concluya que podemos ser ricos y viciosos o pobres y virtuosos, pero es imposible ser rico y virtuoso. Hay que escoger.
Con Adam Smith la avaricia y el egoísmo cambian de nombre: se llamarán ahora “deseo de mejorar” o “interés propio”, una fuerza que conducida por la libre competencia lleva a los hombres “como guiados por una mano invisible” a la prosperidad pública. Es la misma metáfora de Mandeville, pero ya depurada de cualquier connotación moral. Pero aún así, Smith todavía pensaba que este afán de riqueza tenía un límite, y se debería llegar a un estado estacionario en el cual, satisfechas las necesidades básicas, los seres humanos dedicarían sus esfuerzos a perfeccionarse en áreas distintas a la económica. Pero la historia del capitalismo ha mostrado que eso no ha sido así. En nuestra sociedad el nombre de la avaricia y la mezquindad no es otro que “crecimiento” y “utilidades”.
Cuando el Papa Francisco sostiene que en nuestra civilización “el afán de poder y de tener no tiene límites” apunta a una situación que, aunque nos parezca extraño, es nueva en la historia de la Humanidad. Como han estudiado la antropología económica, especialmente la escuela de Karl Polanyi, todas las culturas han “incrustado” la economía en un sistema de costumbres que le constreñía. De esa manera existían límites morales muy claros que sancionaban socialmente costumbres socialmente dañinas, ya que la economía tenía fines dados, entre los cuales estaba alguna noción del bien común. Estas normas se podían llegar a violar, pero ello no implicaba que la norma dejara de existir. Nuestra civilización es la única que ha roto esos límites y ha abandonado los fines en el ámbito económico. La “utilidad económica”, que siempre se había considerado un medio, pasó a ser el único fin.
Esto explica situaciones tan absurdas como las que vivimos el pasado 21 de mayo, cuando el presidente Piñera presentó al país una cuenta repleta de datos macroeconómicos fabulosos y éxitos estadísticos increíbles, pero que poco o nada tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de una población cada vez más endeudada, hastiada por no poder llegar a fin de mes aunque se trabaje una larguísima jornada. Por este motivo la vieja idea de la “economía del bien común” ha resucitado en diferentes contextos. Autores como Stefano Zamagni(2) y Christian Felber(3) están teorizando desde esta tradición al sostener una idea tan simple como fundamental: la economía no es un fin en sí mismo. Las empresas tienen una finalidad social, no sólo privada. Por lo tanto, si su finalidad es el bien general, los Estados pueden (y deben) incentivar ciertas prácticas económicas y desincentivar otras. E incluso prohibir o perseguir alguna que otra.
El problema que se nos presenta es definir el bien común. No nos sirve lo que Aristóteles entendía por ello en su tiempo, cuando tener esclavos era normal y las mujeres eran poco más que una propiedad de sus maridos. Pero tampoco nos sirve identificar bien común con la felicidad, en una sociedad que no distingue entre deseos y necesidades y las elites creen tener “derecho” a cambiar el auto cada año. La felicidad es éticamente neutra, porque lo que a cada uno le hace feliz es inconmensurable respecto a lo que hace feliz a otros. Hay ocasiones en que lo que cabe, moralmente, no es ser feliz, sino estar triste, indignado o furioso. La felicidad no es tarea del Estado sino de cada uno. Es algo sobre lo que podemos deliberar y llegar a acuerdos democráticos sobre algunos puntos fundamentales, que en justicia deberían ser universalizados. Estos aspectos no deberían ser considerados como “valores” abstractos a los cuales tender voluntariamente. Deberían ser derechos exigibles judicialmente en un marco constitucional que les garantice y les respalde. En definitiva, para combatir la “dictadura del dinero” de la que nos habla el Papa Francisco no bastan las buenas intenciones. Ha llegado el momento volver a hacer que la política, como expresión democrática de los intereses de la mayoría, se imponga sobre el afán de lucro y la avaricia.
En los tiempos que corren es muy excepcional escuchar palabras de condena al capitalismo en boca de los grandes líderes internacionales. No abundan los gobernantes provistos de pensamiento crítico, y son menos aún los valientes que se deciden a actuar en coherencia con su conciencia. Mientras tanto, la crisis financiera internacional continúa socavando los derechos sociales de los pueblos y los gobiernos muestran su total complacencia y resignación a los dictados de los mercados. En este contexto hay palabras que vale la pena escuchar con atención, como estas:
“No podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo precariamente el día a día, con consecuencias funestas. (...) la alegría de vivir se va apagando; la falta de respeto y la violencia aumentan; la pobreza es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir, y a menudo, para vivir sin dignidad. (...) Una de las causas de esta situación, en mi opinión, se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, aceptando su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades”. Se trata de un discurso del Papa Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio(1).
El nuevo Papa formula un breve pero asertivo análisis de la coyuntura económica internacional: “La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor todavía, hoy se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”. Los efectos de este proceso tienen claros responsables políticos: “Mientras las ganancias de unos pocos van creciendo exponencialmente, las de la mayoría disminuyen. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. (...) El afán de poder y de tener no tiene límites”.
De esta forma, constata el Papa, pareciera que nada puede interponerse al poder de los mercados: “Igual que la solidaridad, también la ética molesta. Se considera contraproducente; demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; una amenaza, porque condena la manipulación y la degradación de la persona”. Frente a ello propone una vieja pero a la vez novedosa receta: “Insto a los expertos financieros y a los gobernantes a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo: ‘No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos’. (...) ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres; pero el Papa tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. (...) En este sentido, insiste en que el bien común no debe ser un simple añadido, una simple idea secundaria en un programa político”.
La crítica del Papa Francisco al capitalismo no arraiga en un horizonte que podríamos llamar “de izquierdas”. Más bien se fundamenta en el más estricto paradigma “aristotélico-tomista”: el dinero tiene una función natural, la cual es brindar al ser humano un marco de dignidad que le permita llevar una vida buena. Vale la pena recordar este aspecto en un país en el cual las elites conservadoras se han atrincherado en Santo Tomás y en la escolástica para defender un orden social basado en jerarquías sociales estáticas, inmodificables, sin leer de forma honesta e íntegra lo que la tradición católica sostiene respecto al capitalismo. No es necesario pasar por Marx para repudiar éticamente el neoliberalismo. Un católico sincero no podría, si es coherente, validar una ideología que, como dice Francisco, “defiende la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”.
Todas las tradiciones religiosas y los sistemas morales precapitalistas son unánimes en condenar la avaricia, la codicia, el lujo suntuario y el egoísmo. No vamos a encontrar religión alguna que considere virtuoso acumular dinero o mercancías en vano, más allá de la satisfacción de las propias necesidades fundamentales. Los pueblos indígenas tenían muy claro que la economía se debía subordinar al objetivo del “buen vivir”, el suma qamaña (aymara) sumak kawsay (quechua) o el küme mogen (mapuche). En el hinduísmo la economía debe priorizar el dharma (la rectitud) por sobre el artha (la riqueza) y el kama (el placer). En China la prioridad del bien común se expresa en la idea de Confucio del héxié shèhuì, la“sociedad armoniosa”.
La novedad capitalista consiste fundamentalmente en convertir actitudes tradicionalmente reprochables en la base moral de su funcionamiento. A inicios del siglo XVIII podemos ver un claro giro en este punto. Bernard Mandeville será uno de los primeros que se atreverá a cuestionar el carácter pecaminoso de la avaricia en su famosa “Fábula de las abejas, los vicios privados hacen la prosperidad pública”. Las abejas de Mandeville, corruptas, adictas al lujo, orgullosas y avaras, son las que sostienen la economía de la colmena. Sus vicios son necesarios. De allí que concluya que podemos ser ricos y viciosos o pobres y virtuosos, pero es imposible ser rico y virtuoso. Hay que escoger.
Con Adam Smith la avaricia y el egoísmo cambian de nombre: se llamarán ahora “deseo de mejorar” o “interés propio”, una fuerza que conducida por la libre competencia lleva a los hombres “como guiados por una mano invisible” a la prosperidad pública. Es la misma metáfora de Mandeville, pero ya depurada de cualquier connotación moral. Pero aún así, Smith todavía pensaba que este afán de riqueza tenía un límite, y se debería llegar a un estado estacionario en el cual, satisfechas las necesidades básicas, los seres humanos dedicarían sus esfuerzos a perfeccionarse en áreas distintas a la económica. Pero la historia del capitalismo ha mostrado que eso no ha sido así. En nuestra sociedad el nombre de la avaricia y la mezquindad no es otro que “crecimiento” y “utilidades”.
Cuando el Papa Francisco sostiene que en nuestra civilización “el afán de poder y de tener no tiene límites” apunta a una situación que, aunque nos parezca extraño, es nueva en la historia de la Humanidad. Como han estudiado la antropología económica, especialmente la escuela de Karl Polanyi, todas las culturas han “incrustado” la economía en un sistema de costumbres que le constreñía. De esa manera existían límites morales muy claros que sancionaban socialmente costumbres socialmente dañinas, ya que la economía tenía fines dados, entre los cuales estaba alguna noción del bien común. Estas normas se podían llegar a violar, pero ello no implicaba que la norma dejara de existir. Nuestra civilización es la única que ha roto esos límites y ha abandonado los fines en el ámbito económico. La “utilidad económica”, que siempre se había considerado un medio, pasó a ser el único fin.
Esto explica situaciones tan absurdas como las que vivimos el pasado 21 de mayo, cuando el presidente Piñera presentó al país una cuenta repleta de datos macroeconómicos fabulosos y éxitos estadísticos increíbles, pero que poco o nada tiene que ver con la satisfacción de las necesidades de una población cada vez más endeudada, hastiada por no poder llegar a fin de mes aunque se trabaje una larguísima jornada. Por este motivo la vieja idea de la “economía del bien común” ha resucitado en diferentes contextos. Autores como Stefano Zamagni(2) y Christian Felber(3) están teorizando desde esta tradición al sostener una idea tan simple como fundamental: la economía no es un fin en sí mismo. Las empresas tienen una finalidad social, no sólo privada. Por lo tanto, si su finalidad es el bien general, los Estados pueden (y deben) incentivar ciertas prácticas económicas y desincentivar otras. E incluso prohibir o perseguir alguna que otra.
El problema que se nos presenta es definir el bien común. No nos sirve lo que Aristóteles entendía por ello en su tiempo, cuando tener esclavos era normal y las mujeres eran poco más que una propiedad de sus maridos. Pero tampoco nos sirve identificar bien común con la felicidad, en una sociedad que no distingue entre deseos y necesidades y las elites creen tener “derecho” a cambiar el auto cada año. La felicidad es éticamente neutra, porque lo que a cada uno le hace feliz es inconmensurable respecto a lo que hace feliz a otros. Hay ocasiones en que lo que cabe, moralmente, no es ser feliz, sino estar triste, indignado o furioso. La felicidad no es tarea del Estado sino de cada uno. Es algo sobre lo que podemos deliberar y llegar a acuerdos democráticos sobre algunos puntos fundamentales, que en justicia deberían ser universalizados. Estos aspectos no deberían ser considerados como “valores” abstractos a los cuales tender voluntariamente. Deberían ser derechos exigibles judicialmente en un marco constitucional que les garantice y les respalde. En definitiva, para combatir la “dictadura del dinero” de la que nos habla el Papa Francisco no bastan las buenas intenciones. Ha llegado el momento volver a hacer que la política, como expresión democrática de los intereses de la mayoría, se imponga sobre el afán de lucro y la avaricia.
martes, 11 de junio de 2013
VICTORIA GRANT, por la Paz y la Abundancia !!
Extraordinario discurso de 6 min. de Victoria Grant, la niña que ya nos sorprendió el año pasado, y que revela el origen de la pobreza y cómo resolverla. Lo que no logran (o no quieren) solucionar los expertos mundiales, Victoria nos da la solución más simple y eficaz posible... "detengamos a los corruptos y habrá paz y abundancia".
Me rindo ante las nuevas generaciones que SÍ van a cambiar el mundo, sencillamente porque ya no entienden cómo hemos podido vivir encima de la "basura" y ellos desean vivir en un jardín.
Me rindo ante las nuevas generaciones que SÍ van a cambiar el mundo, sencillamente porque ya no entienden cómo hemos podido vivir encima de la "basura" y ellos desean vivir en un jardín.
domingo, 2 de junio de 2013
Lo que debes saber de: Carrefour, Alcampo, El Corte Inglés, Mercadona, Eroski, etc.
Esther Vivas, licenciada en Periodismo y Máster en Sociología, forma parte del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales (CEMS) en la Universidad Pompeu Fabra y es autora de varios libros sobre soberanía alimentaria y consumo crítico. Nos da las claves del funcionamiento del actual sistema.
Lo que debes saber de: Carrefour, Alcampo, El Corte Inglés, Mercadona, Eroski, etc.
Lo que debes saber de: Carrefour, Alcampo, El Corte Inglés, Mercadona, Eroski, etc.
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